LOS LAMENTOS DE LA GRAN CAMPANA DEL EMPERADOR

China

Era en la época de un emperador tirano y déspota que en lo único que pensaba era en acometer obras faraónicas para demostrar su poderío. En cierta ocasión hizo llamar a su hombre de confianza para ordenarle la construcción de la campana más grande y más sonora del mundo. Quería conseguir un toque de campana que se expandiese por todos los confines del planeta y así demostrar lo importante y poderoso que era.

Su consorte comenzó a calcular la cantidad de metales que necesitaría, preparó los hornos y contrató a los mejores fundido res. Cuando todo estuvo calculado y controlado se acometió la obra pero se produjo un fenómeno curioso, pues el oro, la plata, el hierro y el cobre no fundían como estaba previsto y hubo que tirar la mezcla. El emperador se encolerizó al enterarse y amenazó a su hombre con que si la siguiente vez también fracasaba su cabeza sería cortada.

El pobre hombre no fue capaz de contárselo a su hija pero ella se enteró porque le llegó una documentación oficial con el sello imperial donde quedaba reflejado el ultimátum. La muchacha quedó horrorizada ante la posibilidad de quedarse sin padre, así que decidió visitar, a escondidas, a un mago-adivino para intentar evitar el mandato imperial en caso de que su padre fallase de nuevo. El mago se concentró y dijo que los metales se fundirían si a ellos se les unía la sangre de una joven virgen.

El día de la prueba final, la muchacha pidió a su padre estar presente y prometió silencio y discreción, por lo que el padre aceptó. Los hornos echaban fuego y llegó el momento de mezclar los metales y verterlos en el molde. Todos estaban pendientes de la mezcla y de la cara del emperador por lo que nadie se dio cuenta ni pudo evitar que la bondadosa joven se lanzase hacia la mezcla y se fundiese con ella. El horror invadió la sala y ella se esfumó sin ningún lamento mientras su padre roto de dolor, se despidió del emperador para siempre.

La masa fundió y se convirtió en la campana más brillante pero con el toque más triste que jamás se hubiera escuchado. El emperador, al escucharlas, ordenó que jamás se tocaran, pues una epidemia de tristeza embargaría la ciudad.