Sor Juana Inés de la Cruz

Nació: en San Miguel de Nepantla, México, el 12 de noviembre de 1648. Falleció: en Ciudad de México, México, el 17 de abril de 1695.

Sor Juana Inés de la Cruz su obra revela tanto a una escritora notable como a una mujer brillante.

En el siglo XVII las mujeres tenían dos opciones: conseguir un marido o tomar los hábitos. Sor Juana sospechaba que como esposa -siendo pobre y bastarda como era-, no hubiera podido seguir estudiando ni escribiendo, por lo que optó por entrar a un convento, donde podía dedicarse a sus dos pasiones sin ser molestada. Sin embargo, las dificultades surgieron en seguida, pues Juana era una mujer de genio y esto no pasó desapercibido para algunos miembros de la Iglesia fanáticos y misóginos, que la amedrentaron hasta hacerla abjurar de sus palabras.

Sor Juana fue hija natural de una criolla y un vasco del que poco supo, se crió entre las murmuraciones que corrían respecto de su origen. Creció con su familia materna y desde pequeña se refugió en la biblioteca de su abuelo y se impuso una disciplina regular de estudio. Se sabe que su madre mantuvo una prolongada relación con un capitán con el que tuvo otros tres hijos y que Juana tenía menos de diez años cuando se fue a vivir a la casa de una tía. Todo lo que hace sospechar que fue una niña replegada en sí misma y que no fue precisamente asediada por manifestaciones de afecto.

A los quince años, Juana era una muchacha atractiva y brillante, y entró al servicio de Leonor Carreto, virreina de México, para quien se volvió una presencia imprescindible. En la corte prosiguió sus estudios y desarrolló su afición a la poesía, y también participó de los festejos del palacio. Pero en el siglo XVII las posibilidades para una mujer sin fortuna eran limitadas y cuando los virreyes volvieron a España, Juana ingresó como novicia en el convento de las Carmelitas Descalzas y luego tomó los hábitos en San Jerónimo.

Allí la vida rutinaria y el excesivo tiempo de ocio propiciaban las intrigas y el resentimiento, y Juana soportaba esto con dificultad. Pero paliaba su malestar escribiendo y estudiando, y gozando de la compañía de sus nuevas protectoras: la marquesa de la Laguna y María Luisa Manrique de Lara, mujer de cualidades notables que ejerció una gran influencia en su escritura.

Por entonces, los barrocos versos de Sor Juana se fueron volviendo cada vez más profanos, desinhibidos y geniales, por lo que su gloria literaria fue creciendo en oposición a la religiosa. La reacción no tardó en llegar. La misma estuvo capitaneada por su propio confesor, un jesuita fanático e influyente llamado Antonio Núñez de Miranda. La gota que rebalsó el vaso fue la publicación de un escrito en el que la religiosa debatía acerca de cuestiones teológicas planteando un desafío Intelectual que resultó intolerable en esa época y contexto. Fue tal el revuelo que se armó que Juana escribió la famosaRespuesta a sor Filotea de la Cruz, carta en defensa de su obra, de su conducta y en definitiva de su sexo, pues critica en ella las difíciles circunstancias en que viven las mujeres en contraste con las ventajas de las que goza cualquier varón.

Sin embargo, Sor Juana no logró aplacar a sus detractores, su antiguo confesor y el arzobispo, quienes esperaban que renunciara a su literatura profana y no que esgrimiera razones. La situación la hizo tambalear, pues se sentía sola y temía a la Inquisición, por lo que terminó renovando sus votos, firmándolos con sangre y deshaciéndose de sus libros y objetos de estudio, para morir pocos años más tarde víctima de una epidemia que afectó al convento.

La peor de todas

Luego de renunciar al saber y a su propia obra, de desprenderse de su valiosa biblioteca y de sus instrumentos musicales y científicos, Sor Juana se entregó durante dos años a las tareas más penosas que pudieran encomendarse. Además, no perdía ocasión para humillarse ante sus censores, llevando este comportamiento a tal extremo que cada vez que se requería su firma ella escribía: «yo, la peor de todas».