AMATERASU, LA DIOSA MÁS BELLA

En Japón, el Sol decidió crear al hombre para que habitara aquellas hermosas islas moldeadas por Izanagi e Izanami. Con sus propios rayos moldeó a una hermosa mujer, a la que llamó Amaterasu y la nombró «diosa de la Luz», después creó al resto de los dioses para que la hicieran compañía.

En las islas la vida era armónica y alegre. Los hombres adoraban a Amaterasu igual que al sol naciente, respetándola y alzando plegarias en su honor. Amaterasu era feliz en aquella tierra hasta que llegó Ono-Mikoto, un príncipe de origen divino caracterizado por su maldad. Quiso enojar a la diosa y para ello mató a su cervatillo preferido. Entonces, Amaterasu conoció el llanto y la amargura. Tanta pena la hizo huir de su divertida vida social para ocultarse de los mortales, no quería demostrar su pesar ante los hombres. Un buen día se escondió en una gruta que tapó con una enorme piedra.

Con ella se fue la luz y la alegría. Las islas quedaron sumidas en la oscuridad y la tristeza. Los dioses se reunieron para bus carla y hacerla retornar, para lo que organizaron un hermoso cortejo con los mejores músicos. Se encaminaron hacia la gruta y una vez allí formaron un gran círculo, donde los músicos comenzaron a tocar y cantar bellas canciones. Una diosa salió a bailar mostrando todos sus encantos y embelesando al resto de dioses por su gracia y por su ritmo. Todos alabaron su belleza y quedaron rendidos ante ella.

Amaterasu desde dentro de la cueva oía la música y sintió una curiosidad inusitada. Corrió la pesada roca que tapaba la entrada y con la ayuda del otro dios dejó abierta la entrada. Amaterasu se quedó maravillada ante el espectáculo que la habían preparado pero no podía admitir que los dioses admiraran tanto la belleza de la diosa bailarina. Los dioses buscaron un espejo para que pudiera contemplarse y comprobar por sí misma que era la más bonita de todas las mujeres. El pueblo se volcó hacia ella, todos rogaban su vuelta y así, la diosa del Sol, decidió volver al lugar de donde nunca se tenía que haber marchado.

El dios Susa-no-o, que se había rebelado contra ella, fue expulsado del reino y se le dio el imperio de los mares. La paz y la felicidad volvieron a reinar en las islas japonesas.

El nieto de Amaterasu, Jimmu-tenno, ocupó el trono imperial y fue el primer emperador de nombre conocido. La diosa, viendo asegurada su dinastía en el imperio, pidió a su padre, el Sol, que la llevara junto a él, y, envuelta en su luz, se fue a su lado; allí permanece desde entonces y, transformada en rayos luminosos, vela siempre por su pueblo.