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RITOS Y SACRIFICIOS EN LA RELIGIÓN GRIEGA

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El origen del culto público entro los griegos fue la esperanza en la protección de los espíritus o de los dioses. Los griegos, como todos los pueblos antiguos, creyeron que podían aplacar a las divinidades y evitar sus castigos con oraciones y ofrendas, con votos y sacrificios. Si el olor de la víctima quemada era un perfume grato a la divinidad, el valor de lo inmolado ya aludía al arrepentimiento y al sacrificio del pecador.

El sacrificio más completo, pero el más raro, era el holocausto en que la, víctima se quemaba por entero. El más solemne, la hecatombe. El más eficaz, aquel en que se vertía la sangre más preciosa.

El pobre, que no disponía de víctimas caras, ofrecía figurillas de barro; su sacrificio era no menos grato a las dioses. Pero con lo dicho no era aún suficiente para que el acto expiatorio surtiera las efectos apetecidos. Se requería que las ofrendas fueran puras y sus víctimas perfectas, que el sacerdote oferente no tuviera ningún defecto físico, que el suplicante no guardara en su mente ni un pensamiento malo. Para acercarse al altar era necesario haberse purificado con el agua, símbolo de la purificación moral. A la puerta del templo un sacerdote vertía el agua lustral en las manos y en la cabeza de los fieles.

La purificación era un acto necesario precedente para acercarse a un dios en todas las religiones. Las mismas ciudades, para librarse de las calamidades, necesitaban de purificación. Poco a poco el agua dejó de ser el imito modo de purificarse.

En Samotracia, los Cabiros obligaban al pecador a que confesara sus pecados a los sacerdotes. Delfos siguió esta costumbre, pero estimó que era el sacerdote ele Apolo quien únicamente podía Escuchar la confesión.

La seguridad que tenían los griegos que los dioses nacidos de la tierra estaban en comunicación constante con los hombres dió origen a la costumbre de los oráculos. Cada, templo tenía el suyo. Por boca de los sacerdotes o sacerdotisas el dios hablaba y profetizaba o indicaba un término expiatorio. Otras veces, los designios del dios se manifestaban en señales visibles, pero necesarias de interpretación; así, en el vuelo de las aves, en el sonido del aire cerrado, en las entrañas de las víctimas, en la dirección del humo o de la llama, en el relámpago, en los sueñas que Zeus enviaba, en palabras pronunciadas al acaso. Los adivinos interpretaban los presagios y los sacerdotes suponían que los dioses les hablaban.

Había, pues, como un diálogo continuo entre el Cielo y la Tierra; el griego creía tener en el oráculo una revelación permanente de la voluntad de los dioses.



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